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El guardián del castillo

Entrada la media noche el guardián del castillo decidió echar una mirada hacia dentro, recorrer los pasillos y cerciorarse de que el Rey se encontraba en suma calma; tenia en la mente las risas de la tarde y las tragedias del medio día, hecho a andar hacia dentro y se lo tragó la oscuridad entre los muros y pasillos, pero pese a no distinguir nada en la negrura su paso era firme pues conocía cada parte del interior, rezaba para si mismo en un ligero murmullo.

Primero iría a los jardines donde el cerco era bajo y en algún tiempo podían entrar ladronas y algunas prostitutas llegaron a utilizar como resguardo cerca de los árboles que en esos tiempos estaban descuidados y sin podar, se acercó a la entrada del jardín, de frente se veía una estatua que casi parecía moverse y seguir a sus observadores con su propia mirada, la estatua fué construida en ese lugar con la finalidad de inspirar ternura y amor, era de altura mediana y mármol rosado, mostraba una joven con la ternura en sus ojos ofreciendo su corazón y en el pecho se miraba un hueco. Rodeando la estatua se dirigió a la muralla casi recién terminada, golpeó levemente las piedras como cerciorándose que no había manara de que algo pudiera entrar, al tiempo que miraba hacia arriba revisando que los árboles no mostraran ningún movimiento, miró los pastos y estaban muy pisoteados, sonrió al recordar el gusto con el que habían retomado ese jardín los hijos del rey, había balones y patinetes, unos cables de audio y unas pilas mordidas, se animó a levantar de el suelo un muñeco de peluche, se llamaba whisky el juguete lo puso bajo su brazo y le habló como si fuese un ser con vida "Vámonos whisky!!", se giró y vio las hierbas que crecían en la esquina del jardín tapaban la ventana de las cocinas y sus flores amarillas alegraban esa área, se acercó para distinguir su aroma y recordó que allí nunca crecía nada, solo cuando el Rey regresó comenzó a crecer de nuevo la hierba, nadie puso allí semilla alguna, y era un lugar pedregoso, seguramente más tarde ordenarían arrancarlas para poner allí árboles o para hacer más grande el área de juegos, mientras tanto, que hermosas flores brotaban.

Siguió hacia los graneros, recordó los tiempos en los que estos permanecían llenos de desperdicios y se llenaban de alimañas, había sido un lugar húmedo y frió, los cocineros y vendedores arrumbaban allí cosas inservibles, se llegó a creer que había un troll por el olor tan peculiar y el continuo cambio en el desorden, se acercó a la puerta que ahora era de aluminio y movió la perilla solo cerciorándose que la puerta estaba bien cerrada, miró la banquita donde hacia algunas horas la princesa se había pasado la tarde contemplando el atardecer reflejado en las flores y plantas mientras acariciaba de vez en vez la cabeza del cachorro que iba y venia paseándose en toda el área, desde allí se miraba la entrada de los autos que el rey construyera. Se alegró al ver que la chica hubiera dejado en la banca los lazos con que le gustaba amarrar un columpio en el árbol de en medio.

Su mente se perdió por un instante recordando los gritos que años antes la princesa exclamaba por los golpes que recibía de un merodeador, el sujeto había logrado que la princesa baje la guardia y aprovechando su inocencia y falta de astucia la llevaba a la parte cercana a los alambrados y le hacia creer en promesas y mundos que no existían su propósito era llevarla consigo, aprovechando que su padre se encontraba ausente, la reina justo llegaba de sus paseos por la ciudad cuando alcanzó a escuchar los desesperados gritos de su hija y al mirar lo que sucedía lanzó gritos de desesperación y reclamando al sujeto que la dejase en paz, arremetió contra el un par de golpes como si un hombre fuera el que defendía a su hija. El guardián había visto toda la escena pero siendo apenas un muchacho no atinaba a hacer ni decir nada, El sujeto aun tuvo el descaro de burlarse y salir de allí lentamente de la misma forma como había entrado, saltando la pequeña barda del jardín.

Al llegar entre la obscuridad al salón principal, escuchó unos sollozos entre la obscuridad, ellos venían de la capilla, se apresuró dejando de preocuparse por hacer ruido, se paró frente a la capilla y vio
la silueta de un hombre que postrado con el rostro en el suelo lloraba, ya había visto esta escena numerosas veces, se detuvo y miró con respeto y prudencia. Era el rey... ver esa escena le seguía pareciendo deprimente y patética, un rey derrotado por su propio corazón lloraba por aquello que no podía tener, cuando recién volvió pedía al cielo para que le devolviera lo que le había quitado, luego no dejaba de lamentar sus errores, pero ahora solo de vez en cuando lloraba tendido en el suelo sin decir palabra alguna, luego se sentaba en las banquitas y con la mirada perdida se quedaba unos minutos como encontrando consuelo en sus propios pensamientos. Cuando salía pese a lo rojo e irritado de sus ojos se le percibía en calma, buscaba a sus hijos y salían a pasear por la ciudad, les contaba historias y jugaban.


Esta vez al salir dejó en una veladora encendida, junto a ella una cruz de plata con adornos rosas, se puso de pié y salió buscando a su observador entre la obscuridad volteó a mirarlo, su viejo amigo el guardián del castillo solo atinó a saludarlo, - Buenas noches Óscar. - Buenas noches Emmanuel. sonrió el rey mirando que se encontraba con muy poco abrigo para esa hora de la noche y con tanto frió, producto de la lluvia que recién terminaba rodeó sus hombros con su brazo en señal del amor fraterno. No hubo palabras sobre lo que acababa de presenciar, ni Emmanuel quiso hacer preguntas, sabía sobremanera la historia del Rey y lo respetaba, se fueron los dos caminando despacio hacia los dormitorios del castillo, no había más que hacer por esa noche la calma reinaba, aun cuando los recuerdos seguían dando vueltas en el aire, las desgracias del medio día seguían haciendo ecos en las murallas y paredes pero cada vez eran más débiles mañana tal vez las sombras dejarán de atormentar al rey y el amor y la calma vuelvan a su castillo.

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